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Discurso de despedida: Sergio Oliva Parrilla

A admin 5 de diciembre de 2025
Sergio Oliva Parrilla

Autoridades. Compañeros. Compañeras. Familia vitorina.

Hoy, aquí en A Coruña, comparezco por última vez como portavoz nacional de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria. Y lo hago con la emoción de quien se despide de un deber que ha sido, a la vez, carga y privilegio.

Hace dos meses, al recoger en nombre de la asociación el Premio Libertad 2024 otorgado por el Club Liberal Español, dije que ese galardón no era un premio, sino una llamada. Una llamada a no rendirnos, a seguir siendo lo que siempre fuimos: jueces independientes, servidores de la ciudadanía, guardianes del Estado de Derecho.

Hoy, al cerrar este ciclo, sigo creyendo en esa llamada.

La realidad institucional: el precio de la independencia

La independencia, cuando se ejerce de verdad, tiene un precio.

Y nosotros lo conocemos bien: el precio del olvido institucional, del veto silencioso en los nombramientos discrecionales, de la marginación en el Consejo General del Poder Judicial, donde en cuarenta años solo ha habido un vocal de la Asociación Judicial Francisco de Vitoria.

Para un observador imparcial, esa ausencia —pese a que somos casi mil asociados y duplicamos en número a Juezas y Jueces para la Democracia— podría parecer difícil de explicar.

Pero no lo es.

Con el actual sistema partitocrático de designación, en el que los partidos políticos deciden de facto quiénes serán vocales, no interesa nuestra asociación. Se pretende trasladar a la ciudadanía una apariencia de pluralidad cuando, en realidad, el CGPJ nace dividido en bloques ideológicos que reproducen la lógica de los partidos que los promovieron.

Los últimos acontecimientos lo han mostrado con crudeza: vocales que se autodefinen como “progresistas” o “conservadores”, alineados con ideologías, que hablan abiertamente de disciplina de voto y que convierten la ficción del consenso en una mera estrategia de control.

Ya sin disimulo, a plena luz del día, el Consejo actúa bajo coordenadas políticas, como si fuera una cámara parlamentaria.

Es doloroso tener que decirlo, pero es una infamia. El espectáculo nos avergüenza a todos.

Nuestra esencia vitorina radica precisamente en combatir ese modelo y defender un sistema en el que la carrera judicial elija directamente a sus doce vocales, garantizando una amplia representación de la judicatura.

Es lo que recientemente ha avalado la Comisión de Venecia.

En todos los países europeos con consejos de naturaleza mixta son los jueces quienes eligen a sus pares.

Solo España —junto a Polonia— mantiene un modelo de designación controlado por los partidos políticos.

Esa misma lógica partidista contamina los nombramientos discrecionales.

Los datos son inapelables: de 120 nombramientos, casi tres cuartas partes han recaído en jueces de la APM y de JJpD, que juntas no alcanzan ni el 35 % de la carrera.

Debe de ser una de esas casualidades estadísticas que tanto gustan a los juristas: parece que las mentes más brillantes se concentran, milagrosamente, en esas dos asociaciones.

Los datos fríos ofrecen conclusiones objetivas: Se ha otorgado más peso a la etiqueta asociativa que al verdadero mérito y capacidad.

Nosotros lo sabemos, pero ellos también lo saben: los que han elegido y los beneficiados.

La Asociación Profesional de la Magistratura, en su afán de apropiarse de todo, no ha estado sola. Ha contado con el apoyo imprescindible de Juezas y Jueces para la Democracia, que, pese a presentarse como su antítesis ideológica, ha sido la muleta necesaria para sostener ese reparto. Juntas han dañado profundamente la esencia misma de la carrera judicial, que debería construirse sobre los pilares del esfuerzo, la capacidad y el mérito, y no sobre intereses de parte.

Y todo este esperpento se ha ejecutado abrazando de forma espuria el concepto de unanimidad.

Una unanimidad que ya no significa consenso, sino reparto: tus nombramientos por los míos. Esa falsa unanimidad vacía de legitimidad el propio sistema.

El afán de apropiarse de todo, se extiende también a las comisiones de servicio y a los cursos de formación.

Una parte de la carrera judicial acepta este sistema sin apenas cuestionarlo. Se siguen afiliando a las asociaciones que lo perpetúan, porque de ese entramado viven y prosperan, sin el menor análisis crítico. Se promete protección y promoción profesional. Y se cumple. Sin importar las consecuencias. Y esto, aunque duela decirlo, es una forma de corrupción.

Es comprensible que muchos aspiren a los más altos cargos judiciales. Todos tenemos legítimas ambiciones, pero el verdadero reconocimiento está en llegar por mérito y capacidad, sin deber favores, sin tener que hacer llamadas ni desfilar por los despachos de Marqués de la Ensenada. Esta es la tragicomedia de nuestra promoción profesional.

Y, frente a eso, ser y, en mayúsculas, seguir siendo vitorino es una forma de resistencia.

Seguir siendo “nada más y nada menos que jueces” es un acto de heroísmo silencioso.

Frente a ese guion de bloques y recompensas cruzadas, la AJFV sigue siendo la pieza incómoda del puzzle, la tesela libre que rompe la simetría artificial del sistema.

Precisamente por eso somos imprescindibles.

Polarización y deslegitimación

En España vivimos hoy un proceso de entropía institucional, una pérdida de orden que erosiona lentamente la independencia judicial y la separación de poderes.

El populismo, de izquierda y de derecha, ha dividido la sociedad en trincheras y ha convertido al juez en un enemigo. Lo que debería ser contrapeso se presenta como obstáculo.

Como advirtió Martin Kriele: «Pasado cierto límite de identidad entre gobernantes y gobernados, más identidad ya no significa más democracia, sino la supresión de su presupuesto: el Estado de Derecho».

Vemos cómo esa hiedra venenosa se enrosca en nuestras instituciones. Se difama a los jueces desde el poder ejecutivo y legislativo, y se impulsan reformas que no buscan reforzar, sino domesticar al poder judicial.

Ahí están los proyectos como el de fortalecimiento de las carreras judicial y fiscal, frente al que nos movilizamos como nunca: con serenidad, con firmeza y con la convicción de actuar en defensa de los principios que nos definen: mérito, capacidad e independencia.

O los intentos de limitar la acción popular, que debilitan la capacidad de la ciudadanía para vigilar al poder. Y, junto a ello, la pretensión de que los fiscales asuman la instrucción penal sin una autonomía real del Ministerio Público.

También el Tribunal Constitucional, atrapado en bloques, proyecta la sombra de que sus decisiones dependen de la mayoría política de turno. Esa apariencia de dependencia —aunque no exista en su seno— daña a la institución y erosiona la confianza social en el sistema.

Y esa misma hiedra venenosa también se enreda en el Consejo General del Poder Judicial, que es un órgano capturado por la lógica partidista y con intereses ajeno a sus gobernados: los jueces.

Como recordó Jean-Paul Sartre, cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio, también. Y los vitorinos no se callan. Ni se callarán.

La sobrecarga, la desatención y la erosión interna

La independencia no se erosiona solo con presiones políticas o nombramientos injustos. También se quiebra cuando se ignora la sobrecarga que soportan los jueces.

La litigiosidad crece cada año, la población aumenta y las plazas convocadas no cubren ni siquiera la tasa de reposición.

España cuenta con menos de 12 jueces por cada 100.000 habitantes, muy por debajo de la media europea, y en los próximos años se jubilará casi un tercio de la carrera judicial.

Los juicios se señalan para dentro de muchos años, los jueces no pueden estudiar cada asunto como merece, y las resoluciones pierden calidad.

Así, no solo se resiente la confianza ciudadana: se vulnera su tutela judicial efectiva.

Y esta situación no es fruto de la casualidad, sino de un abandono consciente y tolerado por los poderes públicos, una forma silenciosa de deslegitimar al poder judicial.

Lo más grave —y lo más triste— es que no solo luchamos por conseguir cargas de trabajo saludables, sino también contra algunos vocales del propio CGPJ que aún se permiten dudar de la realidad de esa carga insoportable.

Los jueces no somos máquinas.

No somos engranajes anónimos de una cadena infinita de resoluciones.

Somos personas, con límites, con familias, con cuerpos que se cansan y mentes que se agotan.

Negar esa evidencia, banalizar el esfuerzo o despreciar el cansancio es una injusticia que hiere más que la propia sobrecarga.

Con nuestra salud no se juega.

Porque sin jueces sanos no hay justicia posible.

Ni independencia real.

Mientras tanto, se nos habla de “la mayor transformación de la justicia”: los tribunales de instancia. Pero lejos de aportar claridad, está sembrando el caos. Y a partir del 1 de enero de 2026, aún el panorama será peor.

Una reforma de esa magnitud, además de requerir de más tiempo, no puede hacerse de espaldas a quienes sostenemos, entre otros, cada día la administración de justicia.

La justicia necesita cambios, sí. Pero cambios nacidos de la responsabilidad y del conocimiento, no de la soberbia.

Lo personal: contradicción y vocación. Liderar, representar, sostener. Reflexión final

Voy acabando. Gracias por vuestra paciencia. Es mi último día en la oficina.

A pesar de lo conseguido estos años  —la mayor subida salarial en dos décadas, la condena del TEDH por vulnerar los derechos de nuestros candidatos al CGPJ, el reconocimiento del 5 % en las variables o que el Tribunal Supremo puso fin a las “sacas de votos”, garantizando la limpieza en las elecciones a las Salas de Gobierno—, es imposible no tener una sensación agridulce por lo que no se ha podido conseguir: el pago por las guardias continúa siendo irrisorio, aún quedan pendientes ajustes en los grupos poblacionales y en determinados complementos, y nos adeudan las actualizaciones de las pagas extraordinarias.

Decepción y satisfacción. Al mismo tiempo.

Podría parecer una contradicción… pero en eso consiste ser vitorino: en vivir en tensión entre el ideal y la realidad, entre la pasión y la prudencia.

Ese pulso —esa mezcla de consciencia y coraje— es nuestro corazón: el que late por la defensa de la independencia judicial y la mejora de nuestras condiciones profesionales

Hemos aprendido durante estos años que liderar no siempre es hacer más, sino saber cuándo actuar y cuándo sostener.

A veces, el verdadero liderazgo consiste en contener el impulso, y otras, en multiplicarlo.

A lo largo de ese camino, nos hemos enfrentado a un océano de dudas. Y, paradójicamente, ha sido ese océano el que nos ha salvado.

Dudar no es un signo de debilidad.

Desconfiemos de quien solo ofrece certezas.

La verdadera firmeza, la auténtica firmeza, nace tras atravesar la duda. Nace del rigor. No de la soberbia.

Durante estos dos años he recorrido todas las secciones territoriales de nuestra asociación. No ha sido solo un viaje físico, sino un camino de aprendizaje y de reencuentro con lo esencial: con las personas que dan sentido a la AJFV, con las ideas que la sostienen y con la convicción que nos une.

Cada encuentro, cada conversación, cada mirada compartida me ha recordado por qué seguimos aquí y para qué existimos.

Y después de todo, estoy convencido de algo: Podemos cambiar las cosas. Hacedme caso. Podemos cambiar las cosas. Seremos capaces de lograrlo.

Tras este recorrido puedo decir que la AJFV no es solo una asociación sino un centro de gravedad permanente, en el que las personas, como los planetas, se atraen mutuamente y orbitan en equilibrio.

Esas personas, como  mis compañeros del Comité Nacional.

Gracias por vuestra entrega, vuestra lealtad y vuestra paciencia.

Hemos discutido, hemos reído y, sobre todo, hemos resistido juntos.

Servir a esta asociación ha sido un honor.

Hacerlo a vuestro lado, un orgullo.

Si algo he aprendido de vosotros, y de todos los que formamos esta familia, es que ser vitorino es asumir el precio que otros no están dispuestos a pagar, y seguir haciéndolo —una y otra vez— para preservar lo más valioso que poseemos: nuestra libertad. Nuestra independencia.

Y ahora que nadie me escucha, me vienen a la cabeza los versos de Fito & Fitipaldis de su canción “Un buen castigo”:

El mejor de los pecados, el haberte conocido.

Tú no eres sin mi, yo solo soy contigo,

y cuidar de las estrellas, puede ser un buen castigo”.

Gracias, familia. Hasta siempre.

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